jueves, 9 de diciembre de 2010

(Qué cursi)


No es amor.



La mujer ha dado un paso hacia adelante, el escenario se abre a sus ojos y el público tenso asiste. Ella trae en las manos un vaso con agua. Las luces surgen repentinamente, desde los bordes del espacio avanzan con lentitud hacia el centro. Nicole camina entre las sombras y coge con firmeza el vaso que, como si poseyera una dimensión desconocida, la hace tambalear; sus pies sostienen un peso virtualmente imposible y ella suda, un sudor seco, pegado a su piel, como si la raspara. Cuando llega al centro hay un redoble de tambor. Nicole pisa el escenario, la raíz de la luz, el brazo mirando hacia el público, el vaso muerto lleno de agua.



Nicole.- Hubo un tiempo, un tiempo hubo, en que cada palabra era una llamarada, una pirámide de ojos en la arena inerte de la playa. (Nicole levanta el pie, pisa con fuerza el escenario). Un tiempo hubo cuando la lluvia salía disparada llena de vidrios rotos. (Dobla el cuello hacia la derecha, fuerte, como si quisiera separar su cabeza de su tronco; el brazo inmóvil, el vaso se mantiene en un misterioso equilibrio). Un tiempo hubo...



Comienza a girar en su sitio, sin que el vaso se mueva. Dos vueltas, queda en la posición inicial: el brazo adelante sostiene imperturbable el vaso con agua. Mira a ambos lados; poco a poco coloca el vaso de cabeza. El líquido se derrama sobre el escenario lentamente.



Nicole.- ¡Suficiente!



Se ríe inverosímil, más gesto que sonido, como si brotaran copos de nieve. El escenario se vuelve blanco. Detrás aparecen flores dibujadas con trazos de pintura, como lanzados sobre un tapiz nebuloso; Nicole mira absorta las flores, comienza a girar, cada vez más rápido, salta. Mira al público y sale brincando. Se apagan todas las luces. Tenue se escucha el palpitar de una gota de agua.

viernes, 26 de noviembre de 2010

(Qué cursi)


No es amor, estoy seguro.

¿Cuántas veces tengo que repetirlo para que sea real?

El peso de una palabra convierte las cosas, las transforma, las vuelve verdaderas.

Una vez, cuando era pequeño, me perdí en un bosque. Todo era desconocido en ese viaje extraordinario. No recuerdo cómo llegué allí. No recuerdo ni siquiera el bosque. Pudo ser incluso solo una imagen de tiza, en algún oscuro muro de mi ciudad, que por una extraña razón terminó fija en mí, impresa en mi piel como las marcas que dejan la lluvia sobre la arena del desierto

que solo recuerdo porque sí. Sin embargo, estuve ahí. Contemplé aquellos árboles y sus sombras vacilantes. Recuerdo aún el viento y el sonido del agua, su cuerpo en desplazamiento. No pensé. Me quedé sentado, sin ganas de que me encontraran. No lloré. No supliqué. Mientras estuve perdido, no encontré ninguna palabra. Todo fue silencio y reconciliación. Nadie puede imaginar las palabras de un niño arrepentido de su existencia. Quise ser como esos árboles, como esa agua que se extendía, sin conocer principio ni final. Quise estar en todas partes, ser el agua, la flor y el ave al mismo tiempo. Quiero ser dios, quiero ser dios, repetí y también repetí. Deseando que Dios fuera esa palabra, que decir dios fuera lo mismo que invocarlo, que traerlo a esta realidad finita y triste y lamentable. Si repites un nombre, una frase, con insistencia se convierte en realidad creí en ese momento, a mis siete años, cuando no me daba cuenta de que, efectivamente, dios era ese río, esa flor y esa ave, y que decirlo era alejarse de él.

Ya no quiero repetirlo: un reino de paz necesito.

Agonizo y soy ahora una mancha de café sobre una tela luminosa, el vaivén de una hoja que cae desde hace horas. Miro las estrellas, aunque sé que es inútil; me parece que el cielo guarda un secreto, un orden siniestro, el orden que organiza mi cuerpo, que hace que mis manos y mis venas estén ahí y sean mis manos y mis venas.

Me miro las manos: son duras y toscas.

Una vez una mujer me contó que había tocado las manos de un artista, me dijo que eran suaves, tersas, dóciles, sutiles para el amor. Sentí vergüenza. No puedo ser sino un animal enjaulado. Mis manos no pueden ser sino duras, no fuertes, duras —también lamentables— como dios o el viento, como las ganas de llorar esa noche, perdido en el bosque, cuando recordé que el frío y la nieve nunca pudieron atravesar el abrazo de mi abuela y que mi abuela no estaba, que el agua que corría no me podía decir más que el vapor del agua calienta

pan crocante y tierno y tibio, hecho de amor y harina,

que las flores no solo forman parte del paisaje sino también habitan en nuestra sangre y en cada una de las partes de nuestro cuerpo. Cuando el silencio ya no basta, cuando es necesario volver al ruido, porque el ruido es también una divinidad que se prolonga en las palabras de los hombres, preferí a mi abuela, y abandoné a dios.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Con urgencia


Debí hablarle del tiempo, de su infalible capacidad de tortura, de las flores que avecinan nuestro cuarto, del color amarillo de su blusa. Debí decirle que cuando veo la luna me duele el corazón, mi estómago vuela y cae sobre la nieve, el rojo vaivén de mis pulmones me acera el pecho y la garganta. Debí asegurarle que nada de esto es real, sino una inagotable e insensata trampa que nos apresa y hiere. No lo he hecho. Me he limitado a susurrarle al oído mi odio infinito, mis ardientes ganas de estrangularla. Ella no ha sabido qué contestarme, se ha quedado atrapada en un tiempo fatal y estático. Me mira como si desconociera quién soy.

—Nicole, estás bien —digo sin convicción, solo por cumplir, solo por comprobar que no me escucha. Sé que no va a decir ninguna palabra, nunca lo ha hecho. No debe, no quiere, no puede hablar. La abrazo, y miento en el abrazo. Un cuerpo pegado a otro cuerpo sin sinceridad, ¿qué mayor muestra de maldad?

—¿Crees que soy malo, Nicole? —digo, mientras sus grandes ojos café se percatan de mi sonrisa. Aún abre más los ojos, como si descubriera una hoguera detrás de una tormenta de nieve. ¿Es espanto? Un grito recorre su mirada. ¿Acaso sabe algo? Está perdida, en un territorio lleno de árboles y fieras, animales moteados, de delgadas extremidades, que se avientan sobre su presa, que muerden en la nuca, en la columna, para evitar que su víctima se mueva, mientras se la comen viva; no anulan su conciencia, desean que estén despiertas, que conozcan el horror de saberse todavía vivos, hasta el final.

—¿Qué has encontrado, Nicole? Dime —me mira extrañada. Aún puede sostenerse, con mucho esfuerzo; si no estuviera abrazado a ella, caería de manera irremediable, caería como una piedra que se hunde en un pozo. ¿Eso significa ser poderoso: evitar que alguien caiga? Ya no puedo sonreír. Algo se ha quebrado en mi interior. Cojo mi libreta, busco una página en blanco, se la entrego, junto a un bolígrafo.

—Toma, muñeca. Ahora vas a escribir aquello que has visto. Vamos, hazlo, sin miedo, Nicole —observo cómo me mira, a mí, no al papel. No entiende. No deja de mirarme. Me siento mal. La libreta y bolígrafo caen de sus manos. El sonido que hacen al caer es lo último que escucho.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Un borrador inacabado


Desde que Nicole abandonó el cigarrillo su corazón no hubo de encontrar reposo. Supo que no solo la boca se le entumecía, sino que sus pulmones golpeaban contra su caja toráxica con una presión y fuerza inusitadas. El aire, su aire, la envolvía en una neblina, toda perdida, casi sin ojos y casi riéndose. Los primeros días desconoció el miedo, tampoco percibió la desesperación; al terminar la semana la puerta cerrada de su cuarto y los indefensos maullidos de su gato eran la única evidencia de su estadía en casa. Nicole entendió, con extremo dolor, que cada vez que la saliva ingresaba por sus fosas nasales y encontraba cierta resistencia en sus papilas gustativas era el inicio de una tempestad que solo podía encontrar algún tipo de auxilio en los choques desmedidos contra la pared. Lanzarse contra los muros de su habitación, no importaba si terminaba con la cabeza rota o con la blusa llena de sangre, era lo más cercano a un antídoto: solo el dolor podía aliviar, en algún grado, minúsculo para hablar con la verdad, ese fuego interno que envenenaba su cuerpo.
Su familia al principio quiso prestarle algún tipo de ayuda: un viejo amigo médico (amigo de un amigo en realidad, casi un desconocido); internarla en un lugar acogedor donde el sudor y el flujo continuo de saliva fueran morigerados; tal vez, dedicar horas y a horas a acompañar su dolor, y mirarla y mirarla. El entusiasmo terapéutico no duró más de uno o dos días a lo mucho. Nicole se sorprendió (¿por qué no debía de hacerlo?) al constatar la poca disciplina familiar de cada uno de sus parientes. Vio, con calma al principio, antes de que una nube oscureciera su mirada, cómo las atenciones de sus padres, hermanos y tíos se desvanecían en cuestión de horas. Del desayuno a la cena una serie de pactos y convenios silenciosos se habían firmado, sin que ella se enterara. Cada vez que su “incomodidad” comenzara, ellos pondrían música a todo el volumen posible, cerrarían todas las ventanas y puertas y cualquier espacio, por pequeño que fuera, que comunicara con el exterior. Solo la música, que variaba, según el interés, el gusto y la caridad (que ellos llamaban, de modo alturado, “amor”) del guardián de turno, amo y señor del equipo de sonido.
En dos semanas, los vecinos comenzaron a odiar, de un modo sincero y natural, a la familia de Nicole. Ninguno de ellos podía comprender cómo una familia decente era capaz de destruir la calma y armonía del vecindario iniciando una orgía musical, una mixtura de “ruidos” (esa fue la palabra que usaron, por lo menos hasta el tercer día) sin orden ni concierto, y sin ninguna consideración con los demás. Que la música iniciara al medio día, en la mañana, después de la hora de almuerzo era algo comprensible, pero que la madrugada y las sagradas horas de descanso fueran intervenidas con tal descaro solo revelaba la animadversión, la mala sangre, la actitud despiadada y poco noble de “aquellas personas”. Ninguno supo qué hacer; ninguno intentó hacer nada, por lo menos las dos primeras semanas, aunque cada día la situación se hacía más intolerable, y la imagen de la venganza rondaba no por pocas cabezas. La violencia se convirtió en la acompañante de todos, antes y después de despertarse, en el almuerzo y el desayuno, en cada minuto de su vida no podían dejar de pensar en cómo la divinidad castigaría a esos infelices. Al pensarlo, al mascullarlo, sus ojeras se hinchaban y su rostro pálido por la falta de sueño adquiría una tonalidad pálida, extremadamente hermosa si se veía a contraluz.
Nicole, para ese entonces, ya había destrozado su mesa de noche y el espejo de la pared; todo tenía un aura gris, sus sábanas, sus cuadernos y los pocos libros que habían soportado los accesos de furia que la poseían; también había despanzurrado a cada uno de los peluches que adornaban su cuarto. La habitación poseía una atmosfera rancia, la falta de cuidado había dejado sus huellas en cada pequeño lugar. Nicole cogió un trozo del espejo despedazado, quiso encontrar algo familiar, algo que le dijera que era ella y no otra quien en aquel momento comenzaba a sentir el hincón en el estómago, quien, lo sabía, estaba segura, empezaría a sentir que la cabeza iba a estallar y un reloj sonando como una bomba de tiempo, llena de esquirlas, mugre de animales y tripas rojas y piedrecitas brillantes. No se reconoció, no podía reconocer a la persona que en ese pedazo de vidrio aparecía, casi como un insulto, o una maligna broma. Quiero agua, se dijo. Pero era demasiado tarde, su carne comenzó a apretarse y ella se quebró, primero a un lado, cayó. Intentó levantarse, fue inútil. En el suelo, se retorcía de un lado a otro. Y era como si el timón de un barco gobernado por un demente se zambullera en una tormenta con truenos, miedo, y harta lluvia. Quiso llorar, pero para ese entonces las lágrimas no significaban nada. Probó con las palabras; no respondieron. Su cuerpo empezó a estremecerse y, como cada cuatro horas, se lanzó de frente, sin sentir nada, absolutamente nada, contra la pared. Su nariz estaba rota, pudo sentir cómo su hueso se había hundido. La sangre era también un manantial, nunca su espesor y cantidad habían llegado a ese punto. Pensó que era la sangre de un animal, que ese fluido no podía pertenecer a un cuerpo humano. Y sonrió. En menos de un segundo había vuelto a lanzarse contra el muro. Esta vez había procurado, con la poca técnica que había aprendido en esos días, que sea su cabeza la que recibiera toda la intensidad del golpe. Esperaba caer desmayada de una vez por todas y despertarse al día siguiente para disfrutar del poco tiempo que tenía antes de que surgiera nuevamente el infierno. Esta vez sí deseó con todas sus fuerzas inundarse en llanto. No se había desmayado y un oscuro impulso ya la tenía de pie. Imaginó un espejo, imaginó que era otra. No era su sangre, estaba segura. Y ya estaba otra vez en el piso y contra la pared y en el piso. Esta vez ya no se levantó, en una especie de sueño o en un extraño equilibrio producto del dolor. ¿Dormía? No lo sé. Una sonrisa, o algo parecido, había brotado en su rostro.
Su familia ni siquiera imaginaba, no quería imaginar, qué es lo que pasaba en la habitación de Nicole. La música era suficiente, como suficiente era la comida en la mesa o el sol al mediodía. Desconocían el sueño desde hace dos semanas, no se hacían problemas, con tal de que

martes, 26 de octubre de 2010

bosque en llamas (o una carta de despedida)



Yo también soñé aquella anoche: te vi, me vi, envueltos en la niebla. ¿Qué puedo decirte que no sepas? Tengo miedo (también soñé el miedo), pero las palabras son las mismas. Debería hablar del tiempo, de su capacidad de aniquilarnos; debería hablar de tus ojos, de tu piel o acaso de la oscura brisa que mueve tu pelo. Debería, pero no puedo. En mi sueño tú (o yo) me perseguía. En mi sueño ambos estábamos ocultos y un charco de sangre surgía bajo nuestras pisadas. En mi sueño tú (y, tal vez, yo) éramos reales. En mi sueño nos unimos en un abrazo mientras la fiebre y la locura se apoderaban de nosotros. Vi una cascada, vi un bosque en llamas, vi el cuerpo de miles de personas hundidas en un fango rojo e invulnerable, vi también tus pulmones, su recia coloración: toqué cada uno de tus órganos, viajé por tu sangre y cada bocado de oxígeno tuyo fue una fiesta para mí. Acabada la noche, despierto, me contemplo desterrado de aquel reino y me pregunto qué significó esa última frase. Nada ha quedado de nosotros. Nada de lo que somos en este momento se equipara a ese sueño. El humo y las flores de mi jardín no existen; no existe tampoco la aspereza de tu manos, ni la luz te rodea, ni sangras al anochecer. Un espejismo el dolor. ¿Un espejismo? ¡Un espejismo el dolor! No hubo alegría, ni tú ni yo sonreímos, ni tú ni yo ha despertado; seguimos encerrados acá, en esta morada carne. Camino confundido y escribo algo que sea una señal de auxilio, una esperanza; debo creer que al otro lado, donde habitas, un pájaro canta sobre la rama más alta y tú entiendes cada una de sus palabras, aunque no signifiquen nada.

sábado, 2 de octubre de 2010

Un comentario y una respuesta

4 de febrero de 2010 09:13

Muy interesantes apuntes sobre la pelicula en sí y lo que la rodea. Me llama la atencion lo que mencionas sobre la fe. Eso explicaría muchas de las preguntas que me hago sobre por qué hacemos lo que hacemos, sobre qué nos mantiene andando y mirando en una direccion. Acerca de la película y su final, me recordó otra, no de monstruos, sí con una trama similar y un desenlace casi idéntico: Miracle Mile. Una pareja circunstancial se encuentra en medio de una catastrofe para al final morir juntos. Se puede hacer un analisis de la sociedad, del orden, de los principios, todos enfrentados como bien dices a un evento absurdo, y ver cómo algunos de esos "principios" se desmoronan o son facilmente cuestionables. Pero creo que al mismo tiempo estas películas dejan ver que por encima de la destruccion de todo, de lo material, del orden y las ideas, siempre está ese espiritu humano que se manifiesta por medio de la solidaridad y el deseo desintereado de ayudar y estar con alguien mas. Suerte!!!


Respuesta

Gracias por tu comentario. Como soy muy descuidado he dejado el blog por un buen tiempo (aparte de que estoy en una sequía, no de ideas, sino de coraje, voluntad y energía para ponerme a escribir).

Pienso que la diferencia entre la fe y la razón, como movilizadores de grupos sociales, radica en que la primera no distingue entre visión de mundo y acción. La fe supone actos y rituales; la naturalización de estos la configuran y constituyen. La fe se mueve siempre en tiempos y niveles distintos; siempre es presente y futuro, no un futuro de posibilidad, sino del presente que es y será. Esto involucra también una construcción del pasado, una redefinición para el futuro. El pasado funda el futuro. El presente es un tiempo sumido en aquello que (todavía) no es. Sin duda, supone también una suerte de sensación (yo diría incluso sensualidad) compartida. La fe organizada con fines políticos no solo "disciplina" el cuerpo, lo convierte en un espacio de éxtasis y comunión, entendido esto en un sentido productivo. Se busca procesar el discurso en sensibilidad. Desde ese punto de vista, no es solo una creencia, sino una fuerza "cósmica" que busca unir todo.
Gracias, por la recomendación de la pela; tenlo por seguro que la buscaré. Sobre lo último que mencionas, no estoy de acuerdo. Sin duda se trata de una lectura válida. Pero, por lo menos en Cloverfield, esto evidencia una suerte de compensación narrativa; la cámara en mano altera la forma de la película: es la película de una película, una cinta personal, una grabación militar, el documento de una catástrofe. Cualquiera de estos días voy a publicar la versión final de ese ensayo; aunque en realidad son fragmentos sueltos en torno a la película, que llegué a publicar en mi revista, Estereograma (lo que dicho sea de paso no me enorgullece). De hecho que hay cosas que son pura especulación. Ojalá podamos retomar la conversación en alguna oportunidad.

Suerte!

jueves, 26 de agosto de 2010

Melodrama (e historia de amor)

Hoy, cuando anochecía, Nicole llegó sudando, desesperada en el aire vagaba su sombra, el brillo mortecino de su boca.
¿Acaso, Nicolle, encontraste a la fiera, ese animal dorado que acosa el temible resplandor de tus ojos?
¿Acaso has aspirado el sufrimiento entre la hierba y las flores amarillas que cubren el camino?
¿Cuál es el límite de la desesperación, Niccole?


El brillo mortecino de la sangre

La sangre del brillo mortecino

La mortecina sangre del brillo

Debería cortarme el cuello.