El sueño no consiguió liberarlo de la culpa. Eran las cinco de la madrugada pero apenas el tiempo transcurría para él, era como si dentro de la habitación algo hubiera sido negado irremediablemente; su sangre atrapada en una red misteriosa y terrible persistía perdida, salvaje, en un reino de puro sonido, donde vibración y ruido se confundían. Todo su cuerpo retumbaba en un equilibrio siniestro donde la bulla de la calle, los vehículos y el zumbido de su estómago se imprimían en las paredes violetas de su habitación. Miraba el techo, tratando de encontrar una señal, una marca incolora capaz de brindarle el olvido: era inútil, todo el cuarto conservaba una macabra armonía, el punto inflexible entre lo ausente y lo que no existe. Miró hacia la ventana, en busca de una luz, un resplandor cualquiera, algo que le permitiera concentrarse, fijar las imágenes que bailaban sobre él y culminar, por fin, de manera desesperada, en el sueño. Cuatro horas habían pasado desde que ingenuamente se recostó buscando el silencio. La ventana continuaba brillante, pidiendo auxilio a gritos, mordiendo las molduras, aniquilando la madera de sus bordes. Todavía adolorido, se levantó como pudo e, impertinente, se acercó hacia la trémula oscuridad de la ventana. Levó la persiana, se apoyó como pudo sobre el alfeizar, incapaz de imprimir algún tipo de energía a su acción, y buscó detrás de la neblina que ingresaba ásperamente a su habitación y a sus fosas nasales aquello que sabía --no cabía la menor duda-- había perdido hace un par de horas. No se sorprendió. Ni siquiera se inmutó al comprobar que dieciséis pisos más abajo todavía yacía el cuerpo tendido, en la misma posición que lo recordaba. No había hecho nada, todo permanecía en el mismo orden inmarcesible de las cinco de la mañana; su intento de sueño no había vencido a la angustia ni al remordimiento de saberse realmente aniquilado. La oscuridad se deteriora, cae la noche como si fuera la coraza de un castillo de metal, y nada se opone a la incuestionable claridad de la mañana. Solo que el cuerpo permanece ubicado, reducido a su espacio, a su extensión inadmisible. A más luz, mayor es la conciencia del parecido. Mientras la luz asciende, contempla los rasgos turbios del cuerpo, que desde esta altura adquiere dimensiones desconocidas y vagas. Puede ser cualquier otro. Una negación de sí mismo. Alguien que pasa por allí. Un cuerpo que se mantiene ahí como si esa fuera su razón de ser. Levantarse en la mañana para contemplar con la misma seguridad de siempre las doscientas setenta y cinco libras del compañero del primer piso. Basta. Esto no es real. La realidad se encuentra en otra parte. No en esa montaña de carne pestilente y nociva que se dispone en toda su extensión sobre la acera del frente. Todo es claridad. Todo es certeza. La ventana que se cierra sobre su torso como la cuerda al cuello del ahorcado. Casi comprende. La luz se apodera de su mente, recorre las fibras más delicadas de su cerebro y se desprende y se une y ya todo es cierto. El cuerpo se levanta como si desde arriba, desde el décimo sexto piso, otro cuerpo preguntara y otro cuerpo respondiera y así todo va bien. Y no es necesario mirarse, ni preguntarse, ni pensar, ni decir, ni nada. Alguien sube por la escalera, sube acelerando el paso, buscando la certidumbre de la misma respuesta que revoca y toca y evoca todas las mañanas a las cinco de la mañana con la luz del sol impresa en las postales y los muros como una escenografía decolorada pero cierta e incuestionable. Y ya sabes: es abajo donde debes de estar; y qué queda: solo aventarse, volar por una milésima de segundo, ser un ave, no un roedor, un ave, una hoja que se sostiene en el viento por un instante, real y frágil; y ojalá no duela tanto como la primera vez. Y ojalá los dientes y las manos y los huesos y cada músculo, el corazón, el cerebro y el páncreas (órgano de sutil factura) conserven su lugar y no dudarlo: es la vida. La puerta que se abre y la habitación que se oscurece con la luz (y no es metáfora ni misterio) y alguien que adolorido y amarillo se avienta despierto, terriblemente diurno, en la cama para, durante veinticuatro horas, soñar que sueña, fingir que duerme, hasta que su corazón (originalmente un músculo ridículo) señale la ventana, la claridad, la luz y la mañana.lunes, 16 de julio de 2012
Azul anaranjado
El sueño no consiguió liberarlo de la culpa. Eran las cinco de la madrugada pero apenas el tiempo transcurría para él, era como si dentro de la habitación algo hubiera sido negado irremediablemente; su sangre atrapada en una red misteriosa y terrible persistía perdida, salvaje, en un reino de puro sonido, donde vibración y ruido se confundían. Todo su cuerpo retumbaba en un equilibrio siniestro donde la bulla de la calle, los vehículos y el zumbido de su estómago se imprimían en las paredes violetas de su habitación. Miraba el techo, tratando de encontrar una señal, una marca incolora capaz de brindarle el olvido: era inútil, todo el cuarto conservaba una macabra armonía, el punto inflexible entre lo ausente y lo que no existe. Miró hacia la ventana, en busca de una luz, un resplandor cualquiera, algo que le permitiera concentrarse, fijar las imágenes que bailaban sobre él y culminar, por fin, de manera desesperada, en el sueño. Cuatro horas habían pasado desde que ingenuamente se recostó buscando el silencio. La ventana continuaba brillante, pidiendo auxilio a gritos, mordiendo las molduras, aniquilando la madera de sus bordes. Todavía adolorido, se levantó como pudo e, impertinente, se acercó hacia la trémula oscuridad de la ventana. Levó la persiana, se apoyó como pudo sobre el alfeizar, incapaz de imprimir algún tipo de energía a su acción, y buscó detrás de la neblina que ingresaba ásperamente a su habitación y a sus fosas nasales aquello que sabía --no cabía la menor duda-- había perdido hace un par de horas. No se sorprendió. Ni siquiera se inmutó al comprobar que dieciséis pisos más abajo todavía yacía el cuerpo tendido, en la misma posición que lo recordaba. No había hecho nada, todo permanecía en el mismo orden inmarcesible de las cinco de la mañana; su intento de sueño no había vencido a la angustia ni al remordimiento de saberse realmente aniquilado. La oscuridad se deteriora, cae la noche como si fuera la coraza de un castillo de metal, y nada se opone a la incuestionable claridad de la mañana. Solo que el cuerpo permanece ubicado, reducido a su espacio, a su extensión inadmisible. A más luz, mayor es la conciencia del parecido. Mientras la luz asciende, contempla los rasgos turbios del cuerpo, que desde esta altura adquiere dimensiones desconocidas y vagas. Puede ser cualquier otro. Una negación de sí mismo. Alguien que pasa por allí. Un cuerpo que se mantiene ahí como si esa fuera su razón de ser. Levantarse en la mañana para contemplar con la misma seguridad de siempre las doscientas setenta y cinco libras del compañero del primer piso. Basta. Esto no es real. La realidad se encuentra en otra parte. No en esa montaña de carne pestilente y nociva que se dispone en toda su extensión sobre la acera del frente. Todo es claridad. Todo es certeza. La ventana que se cierra sobre su torso como la cuerda al cuello del ahorcado. Casi comprende. La luz se apodera de su mente, recorre las fibras más delicadas de su cerebro y se desprende y se une y ya todo es cierto. El cuerpo se levanta como si desde arriba, desde el décimo sexto piso, otro cuerpo preguntara y otro cuerpo respondiera y así todo va bien. Y no es necesario mirarse, ni preguntarse, ni pensar, ni decir, ni nada. Alguien sube por la escalera, sube acelerando el paso, buscando la certidumbre de la misma respuesta que revoca y toca y evoca todas las mañanas a las cinco de la mañana con la luz del sol impresa en las postales y los muros como una escenografía decolorada pero cierta e incuestionable. Y ya sabes: es abajo donde debes de estar; y qué queda: solo aventarse, volar por una milésima de segundo, ser un ave, no un roedor, un ave, una hoja que se sostiene en el viento por un instante, real y frágil; y ojalá no duela tanto como la primera vez. Y ojalá los dientes y las manos y los huesos y cada músculo, el corazón, el cerebro y el páncreas (órgano de sutil factura) conserven su lugar y no dudarlo: es la vida. La puerta que se abre y la habitación que se oscurece con la luz (y no es metáfora ni misterio) y alguien que adolorido y amarillo se avienta despierto, terriblemente diurno, en la cama para, durante veinticuatro horas, soñar que sueña, fingir que duerme, hasta que su corazón (originalmente un músculo ridículo) señale la ventana, la claridad, la luz y la mañana.lunes, 21 de mayo de 2012
Anagrama
Hubo un hombre que dijo guardaré mi deseo en este cofrecito de lata. Nadie lo encontrará. Lo alejaré así de los alacranes, de la cicuta, de los cráneos azulados de la muerte. No caeré envenenado ante la noche.
Soy más listo.
Es mi astucia quien me dicta esta grave decisión.
Cuando regrese, el cofre conservará mi deseo y me lo entregará como si el tiempo no hubiese transcurrido.
Cerró su secreto cofre y, apresurado, se dirigió hacia la puerta de su hogar. Nadie lo vio salir.
Caminó por un sendero ondulado que lo llevaba a alguna parte. Caminó durante todo el día y toda la noche, sin detenerse, sin descansar, desfalleciente. Llegó a una ciudad cuyos muros semejaban la certeza de un prisma colocado frente al crepúsculo. Traspasó el portal y vio con sorpresa que todas las puertas le estaban vedadas. Se sentó en medio de la plaza esperando a que la caída de la noche incitara a los pobladores la compasión o el explícito rechazo, cualquier reacción distinta a la miserable indiferencia de sus puertas y ventanas inmóviles. Se perdió en el sueño. Opaco y derrotado por la oscuridad de un pueblo que no era el suyo, se envolvió, sin saberlo, en una persecución imposible, donde él auscultaba el cuerpo tibio de una muchacha. No fue la cálida caricia de esa mujer difícilmente percibida, sino el gélido resplandor de un revólver lo que lo despertó.
Un desconocido, de mirada dispersa, había colocado el arma sobre su frente, sin prestarle la atención debida, como si se encontrara ante un trozo de carne o un pedazo de madera apolillada y de forma irrelevante. Era más terrible la humillación de saberse indigno de la acción que, acaso, lo aniquilaría, que la certeza de encontrarse desarmado.
Pensaba en el cofre, en las diminutas materias que había cubierto. ¿Acaso su deseo se desvanecería con el tiempo? Sin él para descubrirlo, ¿acaso su cofrecito de lata no se reduciría a un mueble inservible, extraño a la armonía y a las dimensiones de su casa?
Respiraba con dificultad. Aspiraba el aire final, de esa penumbra que lo acabaría.
El otro, con su arma brillante, se proyectaba amenazante hacia él: habló, y su voz era casi inaudible, como si no hablara por la necesidad de comunicar algo, sino solo para estremecerlo.
Te he seguido y no te has dado cuenta, dijo. He caminado contigo, pisado el mismo suelo que tú, mas serías incapaz de reconocerme en este momento. Sé dónde vives, sé quien habita tu casa, conozco cada uno de sus rostros. También he observado tu cofre y lo que ocultas en él. Sé que has dado vueltas y vueltas, enredándote por los senderos, y que en realidad nunca te has movido más que unos pasos. Ahora mismo estás en el punto de partida y finges estar en un lugar extraño. Pero no te preocupes, no busques nuevamente la puerta redentora de tu hogar: tu madre se desangra en el borde de la escalera; tus hermanos fueron arrojados por un precipicio; tu casa misma se convertirá en cenizas por el beatífico efecto de las llamas; y esto con lo que te amenazo no es sino tu preciado cofre. No te odio, solo he nacido para destruir todo aquello que tiene valor para ti. Tu deseo no se conservará, porque nada se conserva. No has guardado objeto alguno, simplemente lo has arrojado al olvido. Más aún, no has querido guardar, sino desaparecer. Aquello que dices amar no te provoca sino disgusto.
Con los ojos cerrados, sentía el progreso de la noche, su inefable movimiento, su dimensión nefasta, y una breve luz que aproximaba la faz del extraño y la suya. La noche es un espejo. La noche es mi rostro. La noche es mi cofre es mi deseo es la noche es el extraño. Aquí solo la noche es real. Mi cabeza es un cofre como la noche y el extraño se quema dentro del cofre inmensas llamaradas devoran la noche su esqueleto turbio se convierte en lluvia no es necesario el color del fuego es el mismo que la noche y mi cofre que deseo guarda pequeñas esferas de sangre que hieden como el metal de la mañana donde mi madre sube diariamente por la escalera escalada encalada colada diáfano es el aire que me cruza de lado a lado omitiendo la diferencia de volumen y el calor de mi cuerpo todavía encerrado en el cofre que sueña.
lunes, 14 de mayo de 2012
La resistencia
Cada noche un mismo sueño se apiada de mi espíritu: un hombre camina hacia un lago donde encontrará la imagen terrible de sí mismo. El sujeto sin faz coloca una a una sus pisadas sobre el suelo desnudo. Se aproxima con lentitud, ofrece la sombra que lo cubre al resplandor del lago. Primero, la imagen aparece dañada por la imperfección del sueño; luego, tras el caos, surge de ese enmarañamiento de colores y sonidos y palpitaciones la prístina claridad de lo desconocido. Una sustancia similar al barro o al petróleo, de una densidad y un espesor incómodos, satura la percepción del que sueña y del soñado. Esa imagen, me digo al despertar, es y ha sido mi propio laberinto, la encrucijada donde me cifro y me explico yo mismo. Si no hubiera nacido lastimado, ¿quién o qué hubiera sido? Soy el resultado de una herida. Yo soy lo que ha nacido de la brecha de esa desgarradura. Pero si esa marca no hubiera existido, no podría explicar mi búsqueda insaciable de absoluto, mi “esclarecida” moralidad ni tampoco mi dureza de corazón. Acaso, si he sobrevivido, ¿no ha sido a causa de esa abolladura en mi alma que soy quien soy? No me avergüenzo de mi actualidad ni de mi presente. No me avergüenzo. El daño ha producido un movimiento: yo soy ese movimiento. Eso no es bueno. Tampoco malo. Que el dolor produzca naturalezas indoloras; que el fuego, una piel impenetrable; que la oscuridad, una incesante mirada no debe extrañarme ni causarme admiración: no es más que el orden natural de las cosas. La sucesión inexorable del tiempo. Acá no se trata de relativizarlo todo. De anunciar una época en la cual el bien y el mal solo sean la desdichada consecuencia de su ubicación en el tiempo y en el espacio. Esa no es la intención de mi escritura. De lo que se trata es de observar la naturaleza mítica de los valores y de su percepción. No creo que haya otro sentido sino este: en vista de que la decadencia es la conclusión inexorable de todo cuerpo y realidad, el mal no es sino el resplandor magullado del bien, su propio reflejo sobre las aguas turbias del tiempo. Es como si en el intentó de cultivar una delicada cadena de flores, el jardinero hubiera olvidado la punzante realidad de las espinas, las agujas de toda belleza, la máscara ensangrentada de un dios demente y piadoso. miércoles, 9 de mayo de 2012
Siempre
Precisamente, la noche es el tiempo donde haces falta. De día estás cerca. No porque ocupes una dimensión o un territorio que linde con la vulnerable forma de mi existencia. De día, la luz nos comunica, como si pudiera extender mi mano y la distancia se consumiera en un torbellino de polvo y nada. Te acaricia mi recuerdo. Los movimientos de tu rostro encaran el tiempo. Cada vez más real. No hay ausencia. Te encuentras en cada cuerpo esquivo que rozo en mi desplazamiento por el mundo. Existes. Eres más real que el sol o las pistas de asfalto, que la rara consistencia de los muros de mi ciudad enferma. Camino contigo y no estás. Respiro contigo. Me contamino de ti. Muero de tu aire y respiro en ti. Estás. Eres ebullición, magma, sustancia. El frío de la calle me es ajeno. Las espinas de la gente y su dolor hastiado que continúa en ellos no importan. Cualquier punto es un encuentro contigo. Epifanía. He dicho epifanía. Las piedras de la calle saben a ti. El aire huele a tu pelo de hembra. Y aun cuando todo es carne podrida, un sendero de rosas moribundas persiste por donde te sigo, luz de la mañana donde habitas. Corazón del aire palpitante, te llevo debajo de mi piel. Camino contigo.
jueves, 3 de mayo de 2012
Amenazado por el fuego (Ejercicio 1)
Adoro el fuego.
Lo vulnera todo en una fiebre de destrucción y pureza.
Anoche mientras viajaba en el cuerpo tibio de mi amada, mientras tocaba una a una las estrellas, sentí el feble estremecimiento de lo ausente. No era su cuerpo, todo llamas, todo tormenta, sino una partícula ensangrentada que, casi imperceptible, flotaba sobre la luz; era el corazón invisible del aire, que palpitaba en la noche.
Mi cuarto no tiene puertas ni ventanas.
Hay un animal amarrado en el centro de mi habitación, cuelga de su pata izquierda, ansía el movimiento de lo imperecedero, pero se mantiene siempre agonizante sobre el techo. Yo sé, estoy seguro, que camina sobre el aire, que su sangre se expande por la noche y marca las puertas de las iglesias y de las cocinas donde la carne expele su aroma mortecino.
El animal derrama su saliva luminosa. Arde. Su vientre se hincha y veo con estupor cómo una esfera brillante trasluce tras su piel. El animal se tuerce, como una manera de corregir el inesperado sendero de la luz; la esfera se insinúa en su boca y, cubierta de un líquido púrpura, desciende lentamente, sostenido por hilos invisibles y letales. Me postro y elevo las manos. Palpo la discreta coraza que cubre sus bordes. Es el fuego. Mi habitación en llamas grita y grito.
Me aferro a los cabellos de mi amada, mientras un torbellino de fuego consume mis nervios y, trémulo, el sudor se deposita en mis ojos. Todo ha terminado para mí. El fuego viene a cerrar mi tiempo. El brillo del animal lo anticipa todo. Abro los ojos, solo la luz, solo su cuerpo que, atrapado en el abierto balanceo del reloj, se mantiene ahí imperturbable.
Lo vulnera todo en una fiebre de destrucción y pureza.
Anoche mientras viajaba en el cuerpo tibio de mi amada, mientras tocaba una a una las estrellas, sentí el feble estremecimiento de lo ausente. No era su cuerpo, todo llamas, todo tormenta, sino una partícula ensangrentada que, casi imperceptible, flotaba sobre la luz; era el corazón invisible del aire, que palpitaba en la noche.
Mi cuarto no tiene puertas ni ventanas. Hay un animal amarrado en el centro de mi habitación, cuelga de su pata izquierda, ansía el movimiento de lo imperecedero, pero se mantiene siempre agonizante sobre el techo. Yo sé, estoy seguro, que camina sobre el aire, que su sangre se expande por la noche y marca las puertas de las iglesias y de las cocinas donde la carne expele su aroma mortecino.
El animal derrama su saliva luminosa. Arde. Su vientre se hincha y veo con estupor cómo una esfera brillante trasluce tras su piel. El animal se tuerce, como una manera de corregir el inesperado sendero de la luz; la esfera se insinúa en su boca y, cubierta de un líquido púrpura, desciende lentamente, sostenido por hilos invisibles y letales. Me postro y elevo las manos. Palpo la discreta coraza que cubre sus bordes. Es el fuego. Mi habitación en llamas grita y grito.
Me aferro a los cabellos de mi amada, mientras un torbellino de fuego consume mis nervios y, trémulo, el sudor se deposita en mis ojos. Todo ha terminado para mí. El fuego viene a cerrar mi tiempo. El brillo del animal lo anticipa todo. Abro los ojos, solo la luz, solo su cuerpo que, atrapado en el abierto balanceo del reloj, se mantiene ahí imperturbable.
martes, 10 de enero de 2012
Testamento de Antonin Artaud
Los libros, los textos, las revistas son tumbas,
tumbas que profanar al fin.
Así no viviremos eternamente rodeados de muertos
y de la muerte.
Si en alguna parte hay prejuicios,
hay que destruirlos,
el deber
digo bien
EL DEBER
del escritor, del poeta
no consiste en irse a encerrar cobardemente en un texto,
un libro, una revista de donde nunca más saldrá
sino por el contrario, salir
fuera
para sacudir,
para atacar
al espíritu público,
de lo contrario
¿para qué sirve?
¿Y por qué ha nacido?
sábado, 22 de octubre de 2011
El vestido
—¿Por qué lo hizo?
—Cuando descubrí su presencia ya era demasiado tarde.
—O sea, ¿te cogió de los brazos, te tapó la boca, te obligó a hacerlo?
—No. Se mantenía en una banca como en suspenso, esperando algo.
—¿Te esperaba a ti?
—No podía esperarme, no sabía quién era yo. Era la primera vez que nos veíamos.
—¿Qué hacías por allí?
—Caminaba, quería ver cómo anochecía, cómo la luz se iba apagando por las calles.
—¿Caminabas y se encontraron de improviso? ¿Salió de repente quizás y te golpeó y después te hizo subir al edificio y después abusó de ti?
—No, no fue así
—¿Cómo fue entonces?
—Me es difícil recordar cómo inició. Acaso extendí mi mano para tocar su mejilla y ese gesto fue suficiente para desencadenarlo todo.
—¿Lo hiciste? ¿Le tocaste la mejilla a alguien que no conocías?
—No, pero me hubiera gustado hacerlo, se veía tan dócil al principio.
—¿Cómo vestías?
—De rojo. Vestía un bellísimo vestido rojo que me llegaba a los talones. Tal vez el vestido provocó lo imposible, ¿no crees? Tal vez mi vestido rojo incitó una furia incontenible de la que ahora me arrepiento. Pude haber escogido otro color. El pardo por ejemplo, que es más inofensivo. O el mora, que me hubiera permitido escapar, porque he de decirte que toda la tela está estampada con pequeños detalles que aluden a la fruta. Es hermoso. La contemplación de esta maravilla es suficiente para calmar cualquier tipo de impulso o inquietud, te lo aseguro. Cada vez que me duele la cabeza o tengo hambre miro ese vestido y después adiós suplicio, adiós hambre, adiós, adiós.
—Eso es absurdo. ¿Dónde tienes el vestido? Puede haber algún rastro o pista, algo que nos permita resolver el caso.
—No lo tengo.
—¿Por qué? ¿Qué hiciste con él?
—Lo quemé.
—¿Quemaste el vestido? ¿Por qué lo hiciste?
—Ya no me gustaba.
—Esto no tiene sentido. ¿Por qué has venido entonces? ¿Para qué molestarte en venir a tocarme la puerta en medio de la noche? Si se trata de una broma, déjame decirte que no me parece graciosa.
—Tenía que contárselo a alguien.
—Cuando abrí la puerta parecías tener atragantado un pedazo de madera en la garganta.
—Lo tenía.
—¿No me dijiste acaso que alguien te había ultrajado?
—Claro, dije eso, así fue.
—¿Entonces por qué quemaste la única prueba?
—El olor.
—¿Qué?
—Lo quemé por el olor.
—¿Por el olor del vestido, el suyo, el tuyo?
—No.
—¿Entonces?
—Era una mezcla de todo. Era como si el vestido ya no fuera el vestido. Como si ya no me perteneciera. Cuando llegué a casa me miré en el espejo y me reconocí. Pero no reconocí el vestido. Me era extraño. Ahí fue que sentí esa fragancia. Me debilitaba. Traía la imagen de mi desnudez, recordé cómo me embestía y yo, yo, y yo, yo y...
—Vale, calma, calma. Entiendo. No dudo de ti, solo que quiero comprenderlo todo para actuar debidamente. Empecemos de nuevo, ¿vale?
—Vale.
—Dime, ¿cómo era?
—No lo recuerdo.
—¿Cómo? ¡No recuerdas que te agredió, no recuerdas que viniste hace media hora con el rostro pálido como si fuera carne muerta, apuñalada! ¿Cómo era? ¿Tenía el cabello rubio?
—No.
—Su piel, ¿de qué color era su piel?
—Brillante.
—¿Brillante? ¿Y sus ojos?
—Plateados.
—¿Plateados? Es imposible. ¿Me lo aseguras?
—No.
—Así no vamos a llegar a ninguna parte. No puedes ocultarme nada. Quiero saberlo todo. ¿Vale?
—Vale.
—¿Cómo era?
—Tenía un vestido rojo.
—¡No, tú tenías un vestido rojo!
—Claro, yo también.
—¿Te burlas de mí?
—No.
—Entonces dime ¿cómo vestía?
—Llevaba un vestido rojo, te he dicho.
—Ya. Empecemos de nuevo. Tú caminabas buscando el atardecer por las calles; llevabas puesto un vestido rojo al igual que tu atacante, ¿cierto?
—Cierto.
—Entonces vestían del mismo modo.
—No.
—¿Cómo que no? ¿No me acabas de decir que llevaban puesto un vestido rojo?
—Claro que lo he dicho, pero definitivamente no era el mismo vestido. El suyo le cubría el cuello como una especie de cafarena y no le llegaba a los talones, aparte no era el mismo rojo. Te he dicho además que el mío era bellísimo, ¿no lo recuerdas? No, definitivamente no era el mismo vestido.
—Correcto. Eran vestidos diferentes. Sigamos entonces: se encontraron, ¿qué sucedió después?
—Sacó de debajo del vestido una botellita llena de un líquido e inmediatamente una larga copa de cristal. Te aseguro que era un cristal muy fino. Sirvió sin premura.
—Tal vez la bebida tenía algo.
—No.
—¿Me lo aseguras?
—Claro.
—¿Por qué?
— No acepté. No cogí la copa que me extendía. No bebí un solo bocado.
—¿Qué pasó después?
—Colocó la copa en el piso.
—¿Y? ¿Qué más hizo? ¿Qué más?
—Se puso de pie y se acercó a mí.
—¿Te golpeó? ¿Te tocó? ¿Dónde te tocó? ¿Cómo lo hizo?
—No me tocó. Solo se acercó. Y sus ojos brillaron llenos de plata. Su mirada quemaba, era como si un cuchillo hiciera surcos en mi corazón. En algún momento nuestra respiración se convirtió en una armonía extraña, el aire me penetraba con furia. No dejaba de pensar que el aire éramos ambas envueltas en el mismo vestido. Cuando me di cuenta girábamos alrededor de la copa llena de ese líquido pardo. Y todo se volvió rojo. Todo. Mi mirada y la suya eran también rojas.
—Ahí fue cuando te llevó para su habitación.
—No, no me llevó.
—¿Qué?
—No me llevó. Yo subí. Recogí su cabello a un lado de su cara. Y miré, busqué, me arrastré hasta encontrar qué era aquello que me obligaba a ir. No me dijo nada. ¡No me dijo nada! Yo subí sin que pronunciara una sola palabra. Yo subí, solo subí.
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