sábado, 18 de julio de 2009

School days: los límites del deseo


Esta debería ser la nota de un anime, una reseña. Debería contarles el proceso. La manera cómo la historia se construye, cómo un triángulo amoroso entre adolescentes deviene en un homicidio, cómo una de las protagonistas repite incansablemente la misma frase cada quince minutos en un teléfono que ya no funciona, cómo deambula reconociendo en cada esquina un solo momento, una única imagen. Desde hace días siento que me sangran los oídos. Luego los ojos se me nublan y de ahí la boca, ese sabor salado e insoportable. ¿Quién es el culpable? Me detengo mientras todos siguen caminando y me cojo los oídos y me cojo la boca y los ojos y no encuentro nada. Todo seco. Sigo caminando porque sé que voy a llegar tarde a algún sitio, no recuerdo adónde, pero sé que entre la universidad, mi casa y el trabajo o la revista tendré que llegar a algún sitio y saludar a todos, querer a todos, odiar a todos. Y de ahí es una escena insistente. Cojer las manos, sonreír y saludar, un beso en la mejilla, otra vez las manos y así interminable, como si las personas salieran de una cajita rosada y uno abre y plum una persona rozagante, vivita, y de ahí seguir trabajando; el tiempo, el tiempo, el aire y de un lado para otro así imperturbable: no entiendo, no entiendo nada. Quería contarles la historia de esta historia que me demoró cuatro horas y que me dejó perturbado, con lágrimas en los ojos y lleno de felicidad. Pero terminó y seguí el pulso. Nada ha cambiado ahora. Pero me sigo tocando los oídos y la boca y los ojos y no encuentro nada. Siento que me empujan porque quieren seguir caminando, pero sigo ahí buscando, reconociendo mi piel, porque estoy acá dentro y siento como si nadie estuviera, como si mi cuerpo solo fuera una excusa.
Primera carta

Hoy he decidido lanzarme del quinto piso. He subido las escaleras y por fin tengo una certeza. No es miedo, quiero dejar en claro eso. No existe mayor acto de autenticidad que el suicidio. La libertad solo es plena cuando se dispone sobre todo y todos del propio destino. No hay decisión más importante ni que tenga más sentido que está. ¿Puedo seguir viviendo? Claro que sí, solamente que no quiero, prefiero perderme en este océano de niebla. En este acto no hay felicidad alguna, ningún tipo de emoción es suficiente para explicar esto. Es necesario recordarlo. ¿Por qué lanzarse? ¿Por qué no llenar el cuarto de gas y dormirse y de ahí un fósforo: la habitación en llamas y mucha gente gritando desde el primer piso? No hay divinidad en eso. Para qué explicar algo que no afecta sino a mí mismo. Antes me preguntaba quién era, ahora me pregunto cómo puedo ser libre. Es por egoísmo. Es porque no me importa nada sino yo mismo y yo mismo no tiene nombre ni suena, es una figura en el agua transparente y frágil que al contacto de un solo dedo desaparece. Hundo mi dedo en el agua y no hay yo mismo, solo un reflejo parduzco y sin forma; una onda que se propaga. Me digo, oye tú que estás dentro del agua, quién eres. La imagen no contesta, solo se disuelve hasta que se queda quieta, otra vez hay algo ahí. Ese constante retorno. Ese destruir involuntario que no afecta. Eso cansa. ¿Qué es lo más fácil? Salir a comprar el pan y nunca más regresar a casa; largarse a algún país desconocido o quedarse quieto en la calle hasta que la ropa se caiga y los pelos se paren y todos pasen buscándote y no te reconozcon y te largen por apestoso y sigan colgando letreros en donde te prometen amor para que regreses y aparezcan sus miradas silenciosas preguntando en las disculpas. No es así. No quiero nada. Por eso mismo la caída no es una disculpa, es un acto de cordura, el único acto de cordura posible.

Kotonoha Katsura
Makoto Itou
Sekai Saionji
Segunda carta.

Todo deseo es egoísta. Me quedé quieto. Esperé a que todos se fueran. No volverían hasta tarde. Hay comida caliente en el horno. Sonreí. No te preocupes yo me encargo, dije. Es absurdo. Tengo todas la llaves de la casa. He decidido cerrar las puertas y caminar por ella. No quiero que se preocupen. Nadie abrirá el sótano.
No lo hagas me decía. El agua tibia es maravillosa. Llegamos cuando empezó la lluvia, no encontramos nada. Ya no siento mis manos.
Debajo del patio enterramos un gato. Estaba vivo. Lo envolvimos en una sábana blanca y sentimos su pecho hinchándose. Lo tiramos al hoyo y entre todos, con las manos, empezamos a llenarlo de tierra. Desde hace un rato ya no se ve nada sino la punta de la sábana. Solo los maullidos persisten aún. Dentro de poco no escucharemos nada. Echemos más tierra para que no haya sonido, así, entre todos, para que el maldito gato se calle.
Nicole ha llegado recién hoy día. Hace años que no la veo. Sé que se ha vuelto ciega. También me contaron que perdió las piernas y que cuando respira le tiembla la columna.
El avión explotó. Todo el cielo se llenó de fuego y ceniza. Nicole cayó incendiándose. No diré que pensó en mí, diré simplemente que cuando la vea le diré, Nicole, toma, te doy mis piernas, mi columna y mis ojos para que subas de nuevo al avión.

1 comentario:

Lourdes Rojas dijo...

Esa incansable necesidad de calmar, esto que lascera mucho más que el cuerpo, más que la razón. No, el suicidio, no es una simpleza, no es una huída, es un calmar de ésto que lascera más que el cuerpo, más que el alma.

(espero si se pueda copiar, esta canción)
...La fiebre de un sábado azul
y un domingo sin tristezas.
Esquivas a tu corazón
y destrozas tu cabeza,
y en tu voz, sólo un pálido adios
y el reloj en tu puño marcó las tres..

http://www.youtube.com/watch?v=7YDw_cKSlfc